Una vez fue a hacerse unos pantalones Boriccu Silai, del consorcio de minas, acompañado por su criada. La muchacha contaba unos dieciséis años, se llamaba Annagrazia y tenía la cara picada y unos ojos como babosas. Se apoyó contra la pared en silencio, sosteniendo un paquete que contenía como mínimo cuatro metros de terciopelo, un tejido de verdaderos ricos. La tía Bonaria no se dejó impresionar y midió a Boriccu Silai con su meticulosidad habitual, observándole las formas por debajo de la cintura con el ojo experto de quien con poco lo entiende todo.
- ¿De qué lado carga? -preguntó al final, según la costumbre de los sastres detallistas, mirándole la bragueta.
El hombre se volvió hacia la chiquilla apoyada contra la pared e hizo una seña con la cabeza.
- De la izquierda -contestó por él Annagrazia, mirando a la anciana.
Bonaria sostuvo un instante la mirada de la sirvienta; luego, lentamente, empezó a enrollar el metro de piel alrededor del trozo de madera de limonero. Boriccu aguardaba una respuesta, pero cuando la mujer habló no dio la impresión de dirigirse a él.
- Me parece que para San Ignacio no va a poder ser. Inténtelo con Rosa Cadinu, que necesita trabajo.
Boriccu Silai y la tía Bonaria se observaron en silencio. A continuación, el hombre y su criada se marcharon sin despedirse, porque palabras había habido incluso de sobra. Una vez bien cerrada la puerta, la anciana se volvió hacia la niña soltando un suspiro de cansancio y se guardó el metro en el bolsillo del delantal desgarrado.
- Que se vayan al infierno. Un trabajo perdido... Pero de ciertas cosas es mejor no saber la medida exacta, Maria, ¿lo entiendes?
La niña no lo había entendido ni por asomo, pero aun así asintió, porque no todas las cosas se escuchan para comprenderlas enseguida. Por lo demás, entonces todavía pensaba que la tía Bonaria era modista.
Michela Murgia.
La Acabadora.
Debolsillo.
Recientemente supe, en Cerdeña, que Michela Murgia había nacido en la localidad de Cabras, muy cerca de la península de Sinis, que yo recorría en esos momentos; un lugar ciertamente excepcional por muchos motivos. Aunque yo sabía de la existencia de esta escritora, tristemente ya fallecida, desconocía el alcance de su literatura y de sus ideas, tan cercanas.
Desde entonces me propuse "desfacer" mi desconocimiento.

















































